¿Qué es la perspectiva de genéro?

La perspectiva de género es la categoría de análisis que nos sirve para visibilizar que vivimos en una sociedad con diferentes mandatos sobre cómo deben comportarse, sentir y funcionar hombres, mujeres y personas con identidades no binarias por el hecho de serlo. 

La perspectiva de género en salud pone el foco en que será necesario estudiar las diferencias en salud y formas de enfermar de mujeres y hombres, para que se les puedan proporcionar tratamientos adecuados no sólo en función de su enfermedad, si no teniendo en cuenta también su sexo. 

Y es que sabemos que la salud de las mujeres y de los hombres es diferente, y esas diferencias no pueden ser explicadas (únicamente) por lo biológico. Además, como profesionales de la salud mental, nuestro marco teórico es el biopsicocial.

¿A qué nos referimos cuando decimos que la salud de hombres y mujeres es diferente?

Sabemos que hay diferencias tanto en salud general como en salud mental, tal y como nos indica la Encuesta Nacional de Salud de España (2017).

En salud general…

  • Las mujeres padecen más trastornos crónicos en la adultez en la mayoría de los diagnósticos (dolor de espalda crónico, artrosis, alergia crónica, varices en las piernas, migrañas o dolores de cabeza frecuentes, ansiedad crónica, depresión, problemas de tiroides, cataratas y asma).
  • En algunos trastornos la proporción es parecida (hipertensión arterial, colesterol alto, diabetes, enfermedad pulmonar obstructiva crónica) y en ningún tipo de trastorno crónico los hombres lo padecen en mayor medida. 
  • Las mujeres sufren mayor prevalencia en deterioro cognitivo y en dolor severo. Las mujeres hacen más uso de los servicios sanitarios. Los hombres tienen más obesidad y sobrepeso, mayor consumo de alcohol y tabaco, …

Salud mental

Es el área donde las diferencias de sexo en la prevalencia de diagnósticos son especialmente significativas:

Las mujeres tienen casi el doble de problemas de salud mental que los hombres:

  • En depresión y ansiedad, las mujeres tienen el doble de prevalencia. Consumen casi el doble de tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir y de antidepresivos o estimulantes.
  • En Trastornos de la Conducta Alimentaria, el 90% de los casos se diagnostican en mujeres.
  • Las mujeres presentan más fibromialgia y Trastorno de Estrés Post-Traumático.

En hombres, los trastornos más frecuentes son otros:

  • El trastorno más prevalente es el Trastorno de la Personalidad Antisocial.
  • Cometen suicidio en mayor medida que las mujeres y utilizan medios más violentos para llevarlo a cabo.
  • Presentan más conductas de riesgo (alcoholismo, drogodependencias, y accidentes de tráfico, delitos…).
  • Sabemos que los hombres consultan menos cuando sufren depresión, especialmente a medida que aumenta la edad.

Las mujeres tienden a internalizar, los hombres a externalizar

Resulta evidente ver cómo los trastornos de mayor prevalencia en mujeres (depresión, ansiedad, …) están relacionados con la internalización del comportamiento (síntomas que sufre la persona de forma más “privada”, sin que haya necesariamente una expresión del malestar evidente o hacia el exterior).

Al mismo tiempo, los que aparecen más frecuentemente en los hombres podrían englobarse dentro de la externalización del comportamiento (esto es, “hacia fuera”, manifestaciones de malestar evidentes para los otros).

Esto nos lleva a pensar de nuevo en la socialización diferencial, y como a las niñas se las educa para no molestar o no ocupar espacio, reforzando comportamientos en esta línea, mientras que en los niños se fomenta lo contrario: el juego desde la lucha o la fuerza.

Sesgos científicos en el estudio de la salud de las mujeres

Con demasiada frecuencia estos datos no han sido tenidos en cuenta, dando lugar a los llamados sesgos científicos. Son referencia en esta materia Carme Valls Llobet con numerosos trabajos publicados desde hace décadas en esta línea (su trabajo más reciente: “Mujeres invisibles para la medicina. Desvelando nuestra salud”, de 2020) y el trabajo “Las ‘mentiras’ científicas sobre las mujeres” (2017), de S. García Dauder y Eulalia Pérez Sedeño.

Estos sesgos hacen referencia a cómo hasta hace apenas cuarenta años no se había incluido a las mujeres en los ensayos clínicos, por lo que en muchas ocasiones los resultados obtenidos eran generalizados a las mujeres sin haber tenido en cuenta los efectos que pudiera tener en ellas un determinado fármaco (por ejemplo).

  • La aspirina como fármaco para prevenir infartos es el ejemplo típico: Los ensayos clínicos no han incluido normalmente el número de mujeres suficientes para llegar a ninguna conclusión sólida (simplemente se han extrapolado los datos obtenidos con hombres), cuando sí se ha incluido el número suficiente de mujeres, los resultados muestran que éstas no siempre se benefician de la aspirina con este uso (Sánchez-López, 2013).
  • Algo parecido ha pasado con los síntomas ante un infarto, ya que tradicionalmente se nos había contado que eran una presión en el pecho y dolor intenso en el brazo izquierdo. Y esto es así… para los hombres. “En las mujeres, los infartos se presentan con dolor abdominal, estómago revuelto y presión en el cuello” (Varela, 2015, p. 176). Esto ha recibido el nombre de “Síndrome de Yentl”: la probabilidad de que una mujer no reciba tratamiento adecuado para una enfermedad o problema cardiovascular es mucho mayor que para un hombre porque tradicionalmente son enfermedades asociadas a los hombres” (Bernardine Patricia Healy, 1991).

Otros sesgos tienen que ver con que se asume que hay diferencias donde no las hay (se pensaba que las enfermedades cardiovasculares eran enfermedades típicamente de hombre, pero en el mundo mueren más mujeres que hombres por estas causas) y el haber asumido que los problemas de salud de las mujeres se limitaban sólo al área reproductiva.

¿Por qué mujeres y hombres enferman de forma diferente?

Frente a los datos que muestran las diferentes formas de enfermar de hombres y mujeres, hay dos tipos de explicaciones:

  • Una más biologicista (que sostiene que hay un “cerebro masculino” y un “cerebro femenino”).
  • Y una más ambientalista (que pone el foco en la socialización diferencial).

Hoy en día existen muy numerosos artículos que pueden dar cuenta de hallazgos científicos en ambos sentidos, por lo que más allá de pensar cuál de las dos explicaciones es “la” correcta, creo que tiene más sentido decidir desde qué explicación o modelo preferimos trabajar.

Como psicoterapeuta relacional me encuentro mucho más cómoda trabajando desde la explicación más ambientalista. Desde este enfoque son imprescindibles los libros de Cordelia Fine “Testosterona Rex” (2018) y de Anne Fausto-Sterling “Cuerpos sexuados” “2006), que explican como el sexo no es algo que se encuentre clasificado en la naturaleza como una categoría binaria o dicotómica, sino que es más bien un continuo, lo que quiere decir que los cerebros humanos están formados por mosaicos de rasgos repartidos por todo el genoma.

Por lo tanto, resulta mucho más completo tener en cuenta las variables socioculturales para poder explicar la salud diferencial. ¿A qué nos referimos con lo sociocultural?

Socialización diferencial de niños y niñas

Por un lado, a la socialización diferencial, que determina las conductas, expectativas y comportamientos esperables en cada sociedad para niños, niñas, hombres, mujeres y personas con identidades no binarias, y que termina conformando los roles de género. Por ampliación, esto termina dando lugar – inevitablemente – a los estereotipos de género:

  • Pensar que las mujeres “hablan más, escuchan mejor, que son más emocionales, cariñosas…»
  • Y que los hombres “son mejores en el ámbito científico y tecnológico, más agresivos y temerarios…»

Estos estereotipos terminan incorporándose, pasando a formar parte de las identidades de las personas y que constriñen las potencialidades, casi a modo de profecía autocumplida.

Además de la frecuencia en cuanto a diagnósticos, las personas que trabajamos en clínica sabemos que otros muchos malestares que están presentes cuando trabajamos con mujeres y con hombres.

Los malestares de las mujeres en la consulta

Betty Friedan escribió en 1963 el libro de culto de la Tercera Ola feminista, “La mística de la feminidad”, que por primera vez daba cuenta de que muchas mujeres de clase media de los Estados Unidos, con vidas en apariencia “envidiables” según los mandatos del sueño americano (casa en un barrio residencial, maridos, hijos, nuevos electrodomésticos…) tenían un anhelo y vacío existencial, al que Friedan llamó “el malestar que no tiene nombre”.

Estos malestares inespecíficos se terminaban medicalizando en exceso con tranquilizantes… Pero ¿qué escondían? Hoy en día, ya sí podemos nombrar factores que contribuyen a que las mujeres tengan peor salud mental:

  • El techo de cristal, definido por Mabel Burín como “una superficie superior invisible en la carrera laboral de las mujeres, difícil de traspasar, que nos impide seguir avanzando. Su carácter de invisibilidad viene dado por el hecho de que no existen leyes ni dispositivos sociales establecidos ni códigos visibles que impongan a las mujeres semejante limitación, sino que está construido sobre la base de otros rasgos que por su invisibilidad son difíciles de detectar” (2009).
  • El síndrome de la impostora (tal y como nos indica la definición de “techo de cristal”, es muy difícil que las mujeres lleguen a puestos de responsabilidad, pero cuando lo hacen, existe el riesgo de sentir que ellas no deberían estar ahí).
  • La doble y triple jornada (trabajar fuera de casa, en casa, y el cuidado de las personas mayores que pueda haber en la familia – por ejemplo) y la doble presencia (estar en el trabajo, pero estar pensando en cosas en relación a la casa o a la familia – por ejemplo, organizar la cena o los deberes mientras que se está trabajando). Todo esto incide en la carga mental de las mujeres.
  • La culpa por no llegar a todo (con relación a la doble y triple jornada: por mucho que se haga, queda la sensación de “no ser suficiente”).
  • Malestar en relación con el cuerpo. Como señala Roxanne Gay en su libro “Hambre” (2017): A las niñas se les enseña que tienen que ser delgadas y pequeñas, que deben ocupar poco espacio. El cuerpo femenino ideal es delgado y en forma – como señala Josep Toro (2004) – mientras que el masculino es magro y musculado.
  • Malestares relacionados con el amor y las relaciones de pareja, especialmente, los mitos del amor romántico. Por supuesto, esto no significa que los hombres no consultes por problemas de pareja, si no que cuando lo hacen, el tiempo/sufrimiento/energía psíquica que les ocupa suele ser menor que en las mujeres. Los motivos de consulta de los hombres suelen estar más relacionados con el ámbito laboral.

El estudio del amor resulta fundamental para poder entender algunos de los malestares de las mujeres. Sabemos que el amor romántico es una construcción sociocultural, y con relación al mismo se han definido también los llamados “mitos del amor romántico”, que sabemos que perjudican en mayor medida a mujeres que a hombres. Esto es debido a que el amor tiene normas y mandatos diferentes para las mujeres y para los hombres.

Los mitos del amor romántico contribuyen al mantenimiento de la desigualdad y subordinación de las mujeres y están inexorablemente unidos a la violencia machista.

En el trabajo de Victoria A. Ferrer, Esperanza Bosch y Capilla Navarro (2010) se describen – entre otros – el mito de la equivalencia (donde el amor debe ser entendido necesariamente como una intensa pasión y se toman “amor” y “estar enamorado” como equivalentes), el mito de la media naranja (que asume que hay alguien predeterminado para cada persona), el de la pasión eterna (creer que la pasión de los primeros momentos de la relación, si es auténtica, debería durar para siempre), el de la omnipotencia (“el amor lo puede todo”), el mito de los celos (la creencia de que los celos son un signo inequívoco de amor).

Como Kate Millet (1984) declaró: “El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban. Tal vez no se trate de que el amor en sí sea malo, sino de la manera en que se empleó para engatusar a la mujer y hacerla dependiente, en todos los sentidos. Entre seres libres es otra cosa”.

Los malestares de los hombres en la consulta

Los malestares de los hombres están normalmente relacionados con los mandatos sobre “cómo ser un verdadero hombre” o “cómo ser un hombre de verdad”, desde donde se fomentan la autosuficiencia, la temeridad y la competitividad. Lo que se les enseña a los niños y a los hombres es que hay que demostrar que se es más viril, que hay que aparentar que no se es débil, exhibir indiferencia ante del dolor y el riesgo y actuar bajo la meta de la competencia. Estos mandatos de género masculinos tienen costes elevados.

  • Los hombres tienen mayor dificultad para expresar sentimientos y para manejar emocionalmente los afectos, pudiendo sufrir depresión o sentir rabia cuando no se consigue esa imagen idealizada de sí mismo. Esta frase tan antigua y a la vez tan actual (aunque se diga menos, sigue estando presente) de “los hombres no lloran” nos indica que a los niños y a los hombres se les niega el derecho a la expresión de su afectividad.
  • Resulta inevitable relacionar esto con que los hombres lleven a cabo más conductas de riesgo (recordemos lo indicado anteriormente sobre la externalización del comportamiento): tienen mayor prevalencia en alcoholismo, drogodependencias o suicidios (además, cuando lo comente, utilizan medios más violentos), el 95% de las víctimas de accidentes de tráfico con hombres, son también víctimas en mayor medida de las muertes por violencia, cometen el 95% de los delitos…
  • Además, sabemos que los hombres consultan menos (tienen mayor dificultad para pedir ayuda).

En resumen: Incorporar la perspectiva de género y trabajar desde ella en salud (y también en salud mental) conlleva abordar cómo influyen los factores sociales, culturales y biológicos en que mujeres y hombres expresen sus malestares de forma diferente.

Psicoterapia feminista o con perspectiva de género

Ahora ya sabemos que, para trabajar con hombres y mujeres en el ámbito de la salud, es imprescindible partir de que hay diferencias en la forma que se expresan los malestares en función del sexo. Pero ¿qué podemos hacer con este “conocimiento”?

¿Cómo nos llevamos todo lo que sabemos a las consultas de psicoterapia? Será necesario incluir en nuestra técnica puntos específicos que deberemos tener en cuenta con los/las pacientes con los/las que trabajemos.

¿Significa esto que la perspectiva de género cambia la técnica de la psicoterapia? Sí. Desde luego siempre partiremos de lo individual, esto es, de la persona que tenemos delante, de lo específico, pero sin perder de vista el contexto de esa persona.

Para incorporar la perspectiva de género a nuestro trabajo como psicoterapeutas, tendremos que:

  • Visibilizar y nombrar los malestares que sean específicos del género, esto es, confluyentes con la socialización diferencial. Tendremos que legitimar y ayudar a hacer conscientes que hombres y mujeres manifestamos nuestros malestares y padecimientos emocionales de formas diferentes, para lo que tendremos que analizar los mandatos de género y estereotipos que constriñen nuestras potencialidades.
  • Trabajar para no repetir relaciones complementarias en la relación terapéutica y tratar de situarnos más en la mutualidad, como señala Ana Távora (2017) haciendo referencia a la teoría de Jessica Benjamin.
  • Ana Távora (2017) señala que, en el trabajo terapéutico con mujeres, será necesario trabajar también la importancia de aprender a cuidarse, que se puedan aumentar los deseos de autonomía (esto es, aprender a desear), tomar conciencia de los conflictos en las relaciones con otras mujeres, que puedan reflexionar sobre sus relaciones de pareja…
  • En esta línea, Sara Velasco (2013) añade que será necesario incluir en los objetivos general del trabajo con mujeres…
    1. Que se puedan resolver las sobrecargas compartiendo y conciliando (sin apoyar todo el proyecto vital en el cuidado de los otros).
    2. El trabajo sobre la autonomía y la independencia.
    3. Que se puedan alcanzar posiciones subjetivas activas y que se puedan llevar a cabo proyectos y relaciones propias (esto es: trabajar por un empoderamiento individual).
    4. Trabajar por la sociabilización y que puedan participar en una red de encuentro en la que se comparta apoyo social (empoderamiento comunitario).
    5. Y, en definitiva, abandonar las sujeciones del modelo tradicional, que, como venimos diciendo, resulta dañino para la salud de las mujeres.
  • Respecto al trabajo psicoterapéutico con hombres, Sara Velasco (2013) añade que habrá que trabajar para que:
    1. No sean víctimas de las circunstancias y de los modelos sociales.
    2. Puedan abandonar también las sujeciones del modelo tradicional, así como las posiciones subjetivas de propiedad sobre la mujer.
    3. Puedan abandonar la necesidad de demostración de fortaleza (y aumente así la sensibilización individual).
    4. Tengan acceso a esferas más personales y sociales de encuentro igualitario (empoderamiento comunitario) y compartir, conciliar y acceder a la esfera de cuidados y sostén de la vida. Y es que no podemos olvidar que, aunque los cuidados en muchas ocasiones terminan suponiendo una sobrecarga, son también en muchas ocasiones fuente de satisfacción y de conexión con las demás personas.

En relación al trabajo con hombres, resulta imprescindible nombrar la importancia de los Espacios de Igualdad y de terapeutas como Luis Bonino (micromachismos) y de figuras como Octavio Salazar (jurista y conocido por sus trabajos sobre igualdad de género y masculinidades) y Miguel Lorente (médico y profesor universitario, que fue Delegado del Gobierno para la Violencia de Género y es especialista en éste área).

Son referentes en integrar feminismo y psicoanálisis Jessica Benjamin, Muriel Dimen, Virginia Goldner, Adrienne Harris, Nancy Chodorow y Ken Corbett (entre otras, dentro del psicoanálisis relacional), y en España Nora Levinton Dolman, Emilce Dio Bleichmar y Concepció Garriga (entre otras).

Psicoterapia feminista o con perspectiva de género

En definitiva, resulta imprescindible trabajar con una perspectiva de género en psicoterapia. El psicoanálisis relacional es feminista porque se ocupa de fomentar relaciones más igualitarias (en sesión y fuera de la misma), animándonos a prestar atención a las relaciones y dinámicas de poder que puedan darse y sabemos son dañinas.

El espacio terapéutico se utilizará para reconocer e integrar nuestros deseos y anhelos, independientemente de si son típicamente masculinos o femeninos, y trabajará para que podamos reconocer al otro (tensión constante entre autoafirmarse y reconocer a la persona que tenemos delante, lo que nos llevará inevitablemente a revisar nuestros propios esquemas mentales constantemente y a tolerar la incertidumbre ante el no saber).

Además, para trabajar a favor de la salud de las personas con las que trabajamos en consulta, será necesario que echemos mano de nuestro conocimiento sobre la salud diferencial para incorporar (cuando se pueda) la importancia de lo sociocultural (además de lo individual) como factor explicativo de los malestares.

Si no trabajamos poniéndonos las “gafas moradas” (con perspectiva de género), estaremos trabajando como si lleváramos puestas unas gafas “opacas”, quedando “ciegos/as” (la llamada “ceguera de género”) ante los malestares de género. Esas “gafas moradas” son las que nos posibilitarán hacer una psicoterapia feminista.